CÓMO AFRONTAR LOS MIEDOS




Efectos y tipos de miedos

El miedo es una reacción que comienza con un estímulo estresante y termina con la liberación de sustancias químicas que causan, entre otras cosas, que el corazón y la respiración se aceleren o que el cuerpo se ponga tenso.

Esto sucede por la organización del cerebro primario de los seres vivos y esencialmente consiste en la activación de la amigdala, situada en el lóbulo temporal del cerebro, encargado de regular acciones esenciales para la supervivencia como comer y respirar, y en el sistema límbico, que es el encargado de regular las emocione y en general todas las funciones de conservación del individuo y de la especie. Cuando la amígdala se activa se desencadena la sensación de miedo y ansiedad y su respuesta puede ser la huida, el enfrentamiento o la paralización.

Los principales efectos subjetivos del miedo son, en general, una enorme impresión de malestar, preocupación y en un gran número de ocasiones la sensación de pérdida total del control.

El miedo produce además cambios inmediatos sobre el organismo, porque se incrementa el metabolismo celular. Así, aumenta la presión arterial, la glucosa en sangre, la actividad cerebral y la coagulación sanguínea. El sistema inmunitario se detiene (al igual que toda función no esencial), la sangre fluye a los músculos mayores (especialmente a las extremidades inferiores, en preparación para la huida) y el corazón bombea sangre a gran velocidad para llevar hormonas a las células (especialmente adrenalina).

También se producen importantes modificaciones faciales cuando tenemos miedo. Por ejemplo, se produce un agrandamiento de los ojos para mejorar la visión; la dilatación de las pupilas para facilitar la admisión de luz; la frente se arruga y los labios se estiran horizontalmente y se abren; y hay una elevación y contracción de las cejas. Algunas personas al experimentar temor o miedo presentan silencios al quedar paralizadas, pero en la mayoría de los casos se produce un aumento del tono de voz o gritos.

Según los estudios científicos de la expresión facial de las emociones, se reconoce al miedo como algo universal, es decir, que se puede ver el mismo gesto en los rostros de personas de cualquier parte del mundo y de todas las culturas de la tierra. También nos dicen que estas expresiones son algo automático y que resulta muy difícil reproducirlas de manera voluntaria para simular la situación.

La máxima expresión del miedo es el terror. Este terror, o pánico, se produce cuando se magnifican las consecuencias de las sensaciones físicas. Sin embargo, la consolidación en la memoria de un episodio de miedo intenso (o de un trauma) no es inmediata.

Según las distintas ramas de la psicología, el concepto de miedo puede ser algo aprendido según los distintos elementos de una cultura (miedo al castigo); puede también corresponder a un conflicto básico inconsciente y no resuelto en uno mismo; simplemente formar parte del carácter de una persona; o atribuirse a la organización social a la que pertenezca el individuo (miedo a la muerte, miedo al ridículo, miedo a la ira de dios, etc).

El miedo también es un complemento y una extensión de la función del dolor ya que nos alerta de peligros que en alguna ocasión nos han producido algún dolor, y por tanto, es una amenaza para la salud o a la supervivencia.

Sin embargo, el miedo es un fenómeno complejo que no siempre se manifiesta exactamente del mismo modo ni tiene las mismas causas en unas personas que en otras. Es por eso que hablamos de tipos de miedo.

La agorafobia, por ejemplo, es un trastorno que consiste en un miedo y una ansiedad intensos de estar en lugares de donde es difícil escapar o donde no se podría disponer de ayuda. La agorafobia, generalmente, involucra miedo a las multitudes, a los puentes o a estar solo en espacios exteriores. 

El agorafóbico tiende a evitar situaciones potencialmente ansiógenas, como salir de casa, usar trasporte público, ir de compras o practicar deporte, entre otras. Esto supone un grave problema en su vida, ya que casi nunca abandona su hogar por miedo y al hacerlo tiene gran ansiedad como consecuencia del pánico.

Se desconoce la causa exacta de la agorafobia. Algunas veces ocurre cuando una persona ha tenido un ataque de pánico y comienza a tener miedo de situaciones que podrían llevar a otro ataque.

La amaxofobia es el miedo a conducir un vehículo. Puede deberse a la inseguridad o a la participación de uno mismo o de seres queridos en accidentes tráfico o a cualquier tipo de recuerdo doloroso relacionado. A menudo se manifiesta en verdaderos ataques de pánico, ansiedad y agitación contando los días u horas que faltan para tener que conducir un vehículo. Puede presentarse en distintos grados, hasta el extremo en que esta fobia afecta a la vida social y laboral del individuo.

La anuptofobia, o anuptafobia, es un miedo o temor irracional a quedarse soltero. Este tipo de fobia puede darse tanto en hombres como en mujeres, aunque es mucho más común en estas últimas por las presiones sociales. Entre las causas principales de esta fobia se pueden encontrar: el perfeccionismo, la timidez amorosa, los prejuicios, la homofobia, el temor a la menopausia y no poder tener hijos, etc.

Las personas que la padecen suelen tener inestabilidad emocional pudiendo llegar a ser posesivos y celosos. Son proclives a la falta de compromiso dado que tienen temor a no conseguir la pareja adecuada. Tal es su dependencia que pueden incluso llegar a soportar situaciones de maltrato psicológico (y ocasionalmente físico). Por lo general suelen ser personas mayores de 30 años de edad.

La coulrofobia es la fobia o miedo irracional a los payasos o mimos. Afecta especialmente a los niños, aunque puede aparecer en adolescentes y adultos. Sobre las causas se coincide en que lo que más les aterroriza de los payasos es el maquillaje excesivo, a menudo acompañado de la nariz roja y del color extraño del cabello, que les permite ocultar su verdadera identidad. Los afectados a menudo adquieren este miedo después de haber tenido alguna mala experiencia con alguno de ellos.

La eritrofobia es el miedo a ruborizarse. Las personas que la experimentan reaccionan negativamente y se sienten avergonzados cuando se les produce ese ese rubor. Esto hace que su ansiedad aumente y que pueda provocar un mayor azoramiento. De este modo, puede tener miedo de verse en situaciones en las que previamente se ha ruborizado.

No siempre existe un motivo por el cual estar ruborizado. El rubor se puede provocar de la nada, desencadenando así el miedo y vergüenza al rubor. Ser el centro de atención de los demás puede desencadenar el rubor facial, incluso aunque no se trate de una atención negativa por parte de los demás. Dado que el propio miedo al rubor genera una ansiedad que puede llegar a hacer que el temido rubor aparezca, las situaciones temidas pueden ser cada vez más numerosas, y este miedo puede mantenerse en la edad adulta.

La filofobia es el miedo irracional a amar o a enamorarse de alguien. Quien padece este trastorno, lejos de sentir ilusión, entusiasmo o felicidad al enamorarse, o al pensar en relacionarse amorosamente, se ve invadido por la inquietud. A los filofóbicos, el amor les genera tal ansiedad, estrés y miedo que no dudarán en llevar a cabo todo tipo de conductas para evitar verse implicados en un compromiso afectivo.

La filofobia puede surgir a causa de una niñez carente de cariño o repleta de rechazo. Pero también puede sobrevenir a partir de una relación amorosa fallida, en la que el implicado experimentó un gran sufrimiento, por tanto, la persona que la padece trata de evitar encontrarse en una situación similar que le haga vulnerable. Es importante buscar ayuda psicológica si el miedo se vuelve insoportable para superar esta fobia y conseguir una vida plena y feliz.

La gerascofobia es el miedo a envejecer. Las personas con este trastorno se horrorizan con los cambios que sufren debido al paso de los años. Algunos cambios por los que sienten temor pueden ser llegar a depender de los demás, la pérdida de movilidad, la posibilidad de ser llevado a una residencia, la transformación de su apariencia o el gradual empeoramiento del estado de salud. 

La gerascofobia empieza a desarrollarse a mediados de los treinta, cuando las señales de la edad (como las arrugas) empiezan a hacer acto de presencia. Al ser consciente de estos cambios, la persona que sufre esta fobia empieza sufriendo un trastorno de ansiedad que puede derivar en miedo.

La hemafobia, por su parte, es el miedo a la sangre y también a las heridas, cortes o jeringuillas. Cuando una persona con hemofobia está en presencia de sangre se va a producir un aumento de la respuesta cardiovascular, aumentando así el latido cardíaco y la presión arterial, sin embargo, justo después este aumento disminuye de forma brusca provocando náuseas, mareos, sudores, palidez y, en ocasiones, el desmayo. Las personas con fobia a la sangre suelen temer esta respuesta más que a la propia sangre o a las jeringuillas en sí. Esto les causa un intenso miedo que les lleva a evitar cualquier situación relacionada con la sangre.

Más allá de las categorizaciones con nombre propio, también existen otras clases de miedo. Como, por ejemplo, el miedo a la incertidumbre o a lo desconocido. Esto ocurre cuando nos cuesta visualizar el futuro que queremos. Está íntimamente relacionado con el desarrollo personal. Cuando un individuo siente miedo por la incertidumbre no suele salir de su zona de confort, aunque eso no le haga feliz.

También está el miedo al compromiso. Este tipo de miedo se presenta, principalmente, en las relaciones de pareja, aunque se pueden dar en otros ámbitos. Hace referencia al miedo a entregarse a otra persona, trabajo, o cualquier otra cosa que suponga perder el control de su vida. En ocasiones, ocurre porque la persona simplemente no quiere entregar su libertad, otras veces porque ha sufrido en una relación amorosa anterior y no quiere comprometerse de nuevo.

El Complejo de Jonás también se conoce como miedo a alcanzar el éxito. Ante ello, la persona siente ansiedad y pánico por su propia autorrealización o el desarrollo de sus talentos, tal vez por timidez, tal vez por inseguridad.

Otra fobia sería el miedo a ser descubierto. Se caracteriza porque la persona ha hecho algo que se considera malo o ilegal y, por tanto, no quiere que se le descubra. Los experimentan las personas mentirosas y los individuos que tienen algo que ocultar.

El miedo al fracaso es un tipo de miedo que causa mucho sufrimiento y que está relacionado con las expectativas que tiene una persona. Se relaciona también con la opinión de los demás. Lo experimentan, sobre todo, las personas perfeccionistas.

El miedo a la muerte es un tipo de miedo que siente una gran cantidad de gente. Es el temor a perder la vida, pues cuando alguien fallece se entiende que desaparece para siempre. Las personas suelen experimentar este miedo de manera puntual o cuando se encuentran en una situación en la que su vida peligra. En los casos en los que este pensamiento está constantemente en la mente de una persona suele requerir asistencia psicológica.

El miedo patológico que experimentan algunas personas, y que requiere de tratamiento psicológico para ser superado, son las llamadas fobias. Existen muchos tipos de fobias y suelen también denominarse miedos condicionados.

El miedo da lugar a una enorme cantidad de trastornos psicológicos como las obsesiones, la ansiedad, los ataques de pánico, el síndrome de estrés postraumático o las fobias. La psicología clínica es un recurso a veces necesario para superar estos trastornos ya que la persona afectada se ve muy limitada en su día a día.

Pero cuando lo que existe es un miedo no disfuncional, se ha demostrado que a través de la psicoterapia se puede promover la comunicación de la amígdala cerebral y el cíngulo anterior, por lo que las personas afectadas por este tipo de  miedo pueden aprender a entender, desarrollarse y controlar de manera racional este y, por tanto, a tener una mayor seguridad en sí mismas. 

Esta técnica consiste en exponer poco a poco a la persona a la situación temida pero siempre bajo control. Es un proceso de gestión emocional a través de la inteligencia emocional preguntándose qué te gustaría hacer realmente y no haces por miedo. Qué te gustaría vivir y no vives. Cómo te gustaría que fuera tu vida y no haces lo necesario para llegar a ello. En definitiva, enfrentándose al miedo sin anular su presencia.

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