QUÉ ES LA ANSIEDAD


La ansiedad ocasional suele ser una respuesta normal a una situación de  estrés por cualquier causa o trauma (confinamiento, empleo, finanzas...) con sentimientos de preocupación, nerviosismo o temor. La puede experimentar cualquier ser humano porque es una emoción más. Esta a su vez nos alerta de un peligro inminente, nos hace anticiparnos a el, estar en alerta o ser más cuidadosos y llegado el momento afrontar con éxito retos o amenazas. Por tanto, es útil cuando cumple estas funciones. Suele terminar poco tiempo después de que termine la situación que la provocó.

Pero eso no significa que no podamos hacer nada al respecto. Por eso, lo mejor es lidiar con ella. Hay que aprender como funciona y cómo podemos gestionarla.

Sin embargo, la ansiedad frecuente puede llegar a ser molesta, desproporcionada e incluso incapacitarnos si se vuelve demasiado intensa, duradera o deja de referirse a un peligro real. Entonces es cuando se convierte en un trastorno psicológico que nos impide llevar una vida normal porque es difícil de controlar. En ese caso hay que acudir a un profesional médico porque pueden derivar en ataques de pánico o fobias (a la oscuridad, a un animal, a un objeto...).

Según los psiquiatras, los trastornos de ansiedad afectan al 15-20% de la población en algún momento de la vida (más en mujeres que en hombres). Representan, en conjunto, la enfermedad psiquiátrica más frecuente.

Aunque el número de cosas que nos pueden producir ansiedad es potencialmente infinito, el mecanismo básico se repite en todos los casos.

El estímulo ansiógeno siempre es interno, porque la ansiedad se refiere a un peligro que no existe en el presente (el miedo, en cambio, se refiere a un peligro real, frente a nosotros). La ansiedad nos la producen tres cosas: proyecciones de futuro, interpretaciones de la realidad externa e interpretaciones de la realidad interna.

Cuando ese estímulo aparece nuestra mente lo compara con su base de datos (educación, vivencias, condicionamiento cultural, etc.) y lo etiqueta como peligroso, lo cual hace saltar nuestras alarmas.

 

Síntomas y causas

La sintomatología puede variar de una persona a otra, pero generalmente cuando se produce una crisis de ansiedad recurrente el cuerpo y la mente reaccionan con una cascada de síntomas de índole física (nerviosismo, agitación, tensión, palpitaciones, entumecimiento, hormigueo, sudoración, sensación de ahogo, vista nublada, mareo, tensión muscular, indigestión, sequedad de boca…) y/o psicológicos (pensamientos catastrofistas, pánico, bloqueos, confusión, dificultad para conciliar el sueño, problemas para concentrarse, ganas de llorar…) que sin ser graves para la salud genera una situación de inquietud de forma instantánea, sin previo aviso, y alcanza su máxima intensidad en cuestión de muy pocos minutos, pudiendo prolongarse hasta que desaparece el hecho.

Pero cuando estos síntomas persisten en el tiempo es recomendable acudir al médico ya que estos pueden ser signos de una enfermedad grave que puede empeorar si no es tratada.

Los trastornos de ansiedad suelen llevar aparejado un tratamiento facmacológico junto con terapia psicológica cognitivo-conductual.

En el tratamiento farmacológico se emplean, fundamentalmente, benzodiacepinas y ansiolíticos, que en todos los casos son fármacos de prescripción médica. Mediante la terapia cognitivo-conductual, el terapeuta enseña al paciente a manejar la ansiedad y a controlar los miedos, cuestionando su carácter irracional y sustituyéndolo por formas de pensar más racionales.

La ansiedad se puede desencadenar por muchas razones. Por ejemplo, algunas experiencias vitales significativas, que no tienen por qué ser malas o negativas sino que es suficiente con que sean grandes cambios, como un trabajo nuevo, un despido laboral, una ruptura sentimental o un embarazo.

En otras ocasiones se produce por el recuerdo de situaciones traumáticas como un accidente de tráfico, un atentado, un incendio, etc. En estos casos el sentimiento de ansiedad puede desaparecer cuando concluye el problema o bien persistir durante meses o años. Es lo que se conoce como trastorno de estrés postraumático.

Así mismo puede venir condicionada por el consumo de drogas o alcohol e incluso por la ingesta de cafeína o teína.

Igualmente pueden sucederse estas causas por estar sometido a situaciones de mucho estrés de forma continuada, por ejemplo en el trabajo, por los exámenes, por el deporte, cambios hormonales, las finanzas, la salud, el bienestar de los hijos, etc.

Pero también hay determinados factores genéticos que podrían influir.  La ansiedad puede heredarse de padres a hijos. En concreto, lo que se transmite a través de los genes es la predisposición. No obstante, cabe señalar que todavía queda mucho por investigar para poder sentar las bases de los mecanismos genéticos de los trastornos de ansiedad.

Si bien las causas de los trastornos de ansiedad no están del todo claras y en buena parte de los pacientes no llegan a conocerse, los síntomas pueden empezar en la infancia o la adolescencia y continuar hasta la edad adulta.

Los expertos aseguran que los trastornos de ansiedad afectan a otros ámbitos de la salud. Por ejemplo, pueden derivar en una depresión. También favorecer la aparición del síndrome del intestino irritable o agravar uno ya existente especialmente con síntomas gastrointestinales  tales como malestar estomacal o gases. Esto último a su vez también puede generar estrés y provocar más ansiedad.

De igual forma, los trastornos de ansiedad son frecuentes en personas con artritis reumatoide, fibromialgia y migraña provocando dolor crónico. También la ansiedad y la depresión aumentan el riesgo de enfermedad cardíaca. La ansiedad puede dificultar la recuperación después de un ataque cardíaco o derrame cerebral.

Ciertos estudios vinculan el asma con trastornos de ansiedad. El estrés y la ansiedad pueden provocar ataques de asma, mientras que la dificultad para respirar y el jadeo durante un ataque de asma pueden generar ansiedad.  También se asocia fercuentemente al trastorno bipolar y a los trastornos psicóticos, las migrañas y la lumbalgia, entre otros.

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